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LAS ABEJAS Y LA SEGURIDAD ALIMENTARIA

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La seguridad alimentaria es definida por la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de las Naciones Unidas, como la “situación en la cual todas las personas tienen, en todo momento, acceso a los alimentos seguros y nutritivos que necesitan para mantener una vida sana y activa”. Si consideramos que al 2050 se incorporarán unos dos mil millones de nuevos habitantes en el mundo, el desafío de la seguridad alimentaria  -es decir, la producción de esos alimentos seguros, nutritivos y accesibles, para cubrir la necesidad de una población global en torno a los nueve mil millones- significa nada menos que doblar la producción actual. 

Si bien responder a este desafío depende de varios factores, de carácter científico, tecnológico, económico, financiero, y de políticas públicas adecuadas, el principal componente de la producción de alimentos es la preservación de la biodiversidad y el buen funcionamiento de los ecosistemas.

La desaparición de las abejas debe hacernos reflexionar entonces, como Humanidad, sobre los malos hábitos, la indiferencia ambiental, y la deformación de la matriz alimentaria que hemos ido sufriendo paulatinamente...

Esto último es lo que al parecer está fallando y pone en riesgo a la población, porque, según ha informado la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), de la ONU, en distintas partes del mundo están desapareciendo las abejas, lo que puede ser causado precisamente por una degradación ambiental, tanto por desaparición de las condiciones ecológicas, como por el uso de plaguicidas y el propio cambio climático. Incluso se señala que el Reino Unido sólo hay un cuarto de la cantidad de abejas necesarias para los cultivos. Ello repercutirá necesariamente en una menor cantidad de alimentos. Se calcula que la polinización que realizan las abejas y otros insectos es responsable del 75% de los cultivos en todo el mundo, por lo que la relación entre la disminución de la población de abejas y la potencial baja producción de alimentos es directa y amenazante. 

La IPBES ha anunciado que en breve plazo abordará un estudio para evaluar esta situación, del que se espera surjan las causas y las consiguientes propuestas de medidas.

La constatación de este hecho, que el estudio deberá dimensionar actual y prospectivamente en alcance e impacto, puede ser especialmente grave para aquellos dos tercios de la población mundial (3.800 millones) que viven en países de bajos ingresos que hoy sufren déficit alimentario, cantidad de personas que en esos países llegará a los seis mil millones al 2050. 

Pero también lo será para el mundo desarrollado. En efecto, la Unión Europea es el primer importador mundial de alimentos, mientras los Estados Unidos importan el 15% del total de alimentos que consume, incluyendo el 60% de las frutas y el 80% de los mariscos. 

Suponiendo que se lograra controlar la degradación de los ecosistemas y la biodiversidad, y pudiéramos contar con la tarea polinizadora de las abejas y otros insectos, hay otras realidades que no dependen de ello, sino de la matriz alimentaria existente, y que no aprovecha debidamente lo que la naturaleza ofrece. En efecto, diversos estudios y estimaciones señalan que sólo 200 de las 80.000 especies de plantas comestibles son utilizadas, y de estas, solamente cuatro representan más del 60% de los alimentos agrícolas que consume el mundo: trigo, maíz, papas y arroz. A esto se agregan las costumbres y vicios alimentarios, que hacen que un tercio de la producción mundial de alimentos (1.300 millones de toneladas) acaba en la basura cada año en el mundo, y 222 millones de toneladas de comida se pierden en los países ricos. No es menor, al mismo tiempo, que el 64% de la población mundial tenga problemas de sobrepeso.

La desaparición de las abejas debe hacernos reflexionar entonces, como Humanidad, sobre los malos hábitos, la indiferencia ambiental, y la deformación de la matriz alimentaria que hemos ido sufriendo paulatinamente, y abordar el problema con unas políticas públicas que promuevan el consumo responsable, el desarrollo científico y tecnológico que apunte a la suficiente producción a escala global de alimentos que permitan llevar una vida sana y activa, que sean funcionales a la situación específica de las personas, y capaces de prevenir o paliar los efectos de las enfermedades.